Qué más puedo pedirte,
si en un andén de metro te has chocado con mi pecho
en medio de un tumulto humano,
y tu pecho era mil veces más humano
que el tumulto:
caliente, vibrante, blando, firme;
y ha sido un instante,
que es menos que un segundo
pero siempre más que nada,
y tu, fugaz, me has hecho fugazmente consciente
de lo inhumano del tumulto
en contraste con tu pecho.
Y era posible
que no te hubieras tropezado con mi cuerpo,
sin embargo, era imposible
que yo no me diera de bruces contra el tuyo,
quizá porque mi cabeza estaba agachada
y mi vista perpendicularmente clavada en el suelo,
buscando, precisamente, no verte a tiempo
para no esquivarte,
buscando, desesperadamente, poder sentir
el contraste de tu cuerpo,
determinado y vivo,
con el cuerpo indeterminado que forman
una masa de madrileños
pegándose por entrar primero en un vagón de metal muerto.
No, es cierto, no puedo pedirte más.
Ni tampoco menos.